jueves, 15 de mayo de 2008

COMPARACIÓN GENERACIONAL

Hagamos unos comentarios comparativos entre la juventud española de los años 50 y 60 (la mía) y la de ahora: finales del siglo XX (la de mis hijos) y principios del XXI y empecemos por recordar que, desde Adán y Eva hasta hoy, cada una de las sucesivas generaciones de la estirpe humana ha considerado que la juventud de la siguiente era frívola, incomprensible, inconsciente, irrespetuosa y maleducada (sin aceptar su propia responsabilidad en esto último). A lo largo de los siglos se ha repetido machaconamente: “¡cómo está la juventud!”. En una tablilla babilónica, de hace nada menos que unos 3000 años, ya se decía que “la juventud de hoy está corrompida hasta el corazón, es atea, mala y perezosa. Jamás será lo que la juventud ha de ser ni será nunca capaz de preservar nuestra cultura”. Por su parte, la juventud de cada generación ha pensado que la anterior estaba formada por un conjunto de seres incomprensivos, rutinarios, anticuados y autoritarios. Sin embargo, cada generación tenía unas variables parecidísimas que la anterior para lograr los grandes objetivos eternos del ser humano: alimentarse, vestirse, abrigarse en un hogar, reproducirse, prosperar (y para ello formarse), divertirse y sentirse a gusto consigo mismo y entre los demás, para lo que, según situaciones geográficas, épocas y religiones, había que cumplir ciertas normas y convenciones sociales.

Analicemos cada uno de esos objetivos en las generaciones anteriores, en la de los “niños de la posguerra” civil española (la mía) y en la de la dorada juventud actual.
Las costumbres alimenticias han variado poquísimo, de una generación a otra, a lo largo de los siglos. En Europa, la gran y única novedad anterior fue la llegada de América de las patatas, pimientos, azúcar de caña, tabaco, etc., pero la verdadera revolución se ha producido en los últimos 40 años: en mi adolescencia no había casi alimentos envasados y eran desconocidos los congelados, los precocinados y la “comida rápida” o “basura” (hamburguesas, pizzas, etc.). No existía la “Fecha de caducidad”, que se implantó en los años 80. Si un alimento tenía buen aspecto y olía y sabía bien, a la cazuela. No había en las cocinas frigoríficos llenos de cosas, y para calentar algo había que encender un fogón de leña y carbón. Lo único que abundaba era la escasez. Se compraba cada día lo imprescindible para alimentar someramente a la familia (los que podían, pues había hambre en el país, hasta los años 50). En la fuente que se sacaba a la mesa no siempre había para poder repetir, y los platos se rebañaban con un pan de mala calidad. Eran rarísimos los postres que no fueran una pieza de fruta y eran lujos infrecuentes los bombones y pasteles.
Compárese con los anuncios de la TV de ahora, ofreciendo cada día nuevas golosinas con las que se asegura a las preocupadas madres que convencerán a sus atiborrados y consentidos hijos de que consientan en merendar (mientras en el mundo mueren de hambre varios niños por minuto: eso y el aborto son las grandes vergüenzas de hoy, por las que nos tacharán de inhumanos las futuras generaciones). La diferencia en la alimentación entre mi generación y la siguiente tiene además una prueba física irrebatible: unos 10 centímetros más de altura media en la juventud actual. Gran contraste, pues, entre las dos generaciones.

El aspecto de la vestimenta es quizá en el que ha habido, a lo largo de la historia, más contraste de una generación a otra, pues es la forma fácil de marcar diferencias. Basta alargar las chaquetas o ensanchar los pantalones o modificar la corbata, en los hombres o, en las mujeres, enseñar más por arriba (los vertiginosos escotes de los siglos XVII a XIX) o por abajo (la minifalda de los “felices años 20”, que reinvento Mary Quant en los 60) para estar o “a la moda” o anticuado. En la época de mi juventud, los chicos nos vestíamos de forma parecidísima a la de la generación de nuestros padres. No así las chicas, que sufrieron las horribles “Moda saco”, “Moda trapecio”, etc., pero que no se ponían pantalones, usaban faja para contener sus redondeces y evitar que se les marcara el trasero y utilizaban en la playa recatados trajes de baño, con falditas a medio muslo, susceptibles de ocultar también una faja. Y desde luego, tanto chicos como chicas (en mi ambiente socio-económico), teníamos la ropa justa para ir decentemente vestidos. La generación de mis hijos descubrió y adora al “dios marca”. La cuestión no es ya tener ropa suficiente (problema ampliamente superado), sino que las zapatillas deportivas sean de tal (y carísima) marca y los vaqueros de tal otra. Y las chicas enseñan generosamente su anatomía por arriba y por abajo y, en la playa, prácticamente toda. Gran contraste, pues, también en esto.

Respecto a “tener un hogar” sí hubo una clara diferencia entre la generación de mis padres y la mía, pues la inmensa mayoría de aquella tenía una vivienda en alquiler, mientras que las jóvenes parejas de mis tiempos empezaron a comprarse sus pisos, lo que se hace hoy masivamente. Pero comprar un piso hoy resulta el doble de caro, en horas de trabajo, que en 1953, lo que unido a la dificultad actual de conseguir un empleo estable, nos lleva a la siguiente necesidad humana a comentar: la de reproducirse. Empecemos con una perogrullada: para reproducirse hay que mantener relaciones sexuales y, a la inversa, mantener estas solía implicar un alto riesgo de embarazo no siempre deseado, lo que hacía muchas veces remisas y culiapretadas a las mujeres. Lo que un hombre y una mujer pueden hacer aisladamente con sus respectivos cuerpos y ambos en conjunto, lo sabían ya con detalle los asirios, los chinos de la dinastía Ming y no digamos los refinados romanos del Imperio hace 2.000 años. En esos temas ha habido dos inventos que han revolucionado las costumbres: el preservativo (que supongo del siglo XIX) y, bastante reciente, la famosa “píldora”. Ambos, y sobre todo la última, han supuesto la “liberación sexual de la mujer”. Comparemos algunos aspectos de las costumbres sexuales de cien años a esta parte. En la generación de mis abuelos (y quizá todavía algo en la de mis padres), el sexo en el matrimonio estaba destinado únicamente a concebir hijos, y una mujer “decente” no debía sentir placer en el acto sexual y, de sentirlo, debía disimularlo, para no ser considerada puta. Las niñas de las clases media y alta salían del colegio y eran casadas no ya vírgenes, sino sin tener ni idea de en qué consistían las relaciones con un hombre, especie temida y casi desconocida. La noche de bodas les ponían un largo y púdico camisón con un agujerito estratégicamente situado y debían enfrentarse de golpe al insospechado y lacerante (véanse sinónimos en el diccionario: hiriente, punzante, profundo, doloroso,...) acto carnal. La situación era muy distinta –gracias a Dios- en mi generación, pero el ambiente familiar, las costumbres sociales y la entonces fuerte influencia religiosa (los sacerdotes machacaban en el confesionario sobre el sexto mandamiento: era pecado mortal no ya cualquier roce carnal, sino un mal pensamiento consentido: si veías una moza de bandera y te regodeabas imaginando lo que habría debajo de su ropa, al infierno por toda la eternidad) hacían que un buen número de chicos -y la gran mayoría de las chicas- fuéramos vírgenes al matrimonio. Todos sabíamos, a pesar de todo lo antes dicho, de besos, bailes apretados y caricias, pero para llegar a la posesión sexual de la novia había que pasar por la Vicaría. Ello hacía que casarse fuera de una urgencia vital y que se celebrara la boda en cuanto había la más mínima posibilidad económica de conseguir un pisito alquilado y cuatro muebles. Ya vendrían tiempos mejores para completar el mobiliario, comprar un coche, estudiar la compra de un piso, etc. Como ejemplo demostrativo, en mi promoción de la Escuela de Ingenieros, la inmensa mayoría nos casamos poco después de acabar la carrera y tuvimos el primer hijo al año siguiente. ¿Y ahora?. Ahora cualquier niño o niña ve a diario en la televisión desnudos y escenas de cama y las películas que incluyen coitos en primer plano o escenas homosexuales son calificadas oficialmente como “no recomendadas a menores de trece años”. Cualquier chaval puede ver en la TV o en Internet películas “X” y escenas de sexo explícito con exhibición de las más diversas posturas y posibilidades sexuales. Y deben ser minoría los chicos y chicas españoles de 16 o 17 años que sean todavía vírgenes, y parecería además que el serlo supondría algo casi vergonzoso. Una niña de 15 años sabe hoy muchísimo más sobre sexo que la mayoría de los hombres de 25 de mi generación, y por si no le es suficiente con lo que ella pueda aprender por su cuenta, las autoridades “educativas” se encargan de aumentar sus conocimientos con manuales de “formación sexual”, como el repartido recientemente en las escuelas por un Ayuntamiento cercano a Madrid (cuyo Alcalde se diría que acudió al diccionario para enterarse de qué significa esa palabreja: “ayuntamiento”, y cumplir mejor así su cometido, encontrándose con las acepciones: “coito, cópula, apareamiento”). En dicho manual se indican las virtudes de las relaciones homosexuales y también que “la masturbación no conlleva riesgos. Es el sexo seguro por definición. No puedes quedarte embarazada ni contraer enfermedades y, como lo haces sola, no hay vergüenza ni nervios por hacerlo bien. (...) Si el teléfono de tu ducha tiene posiciones, pon el surtidor a presión y dirígetelo al clítoris. Es genial”. (ABC del 30-11-2002). Hoy, cuando un chico “sale” con una chica, ello implica casi necesariamente el acostarse juntos. Ya no hay aquella “urgencia vital” para casarse como única posibilidad de ello. Además, cuando se consigue, por fin, un empleo estable, la primera decisión es comprarse un coche, el mejor posible; se pueden pagar fuertes plazos del crédito necesario, pues se vive con los padres, a cuyos gastos no se ayuda, por supuesto, pues hay que comprar buena ropa, ir a esquiar (con lo caros que son los equipos de marca imprescindibles) y hay que ahorrar, pues cuando se celebre la futura y nada urgente boda deben estar comprados el piso (lo que supone una inversión cuantiosa) y los muebles, incluyendo, por supuesto, todo tipo de electrodomésticos, equipo de música, TV y vídeo, ordenador, etc. Como consecuencia de todo ello, muchos hijos de más de 30 años siguen viviendo de gorra en casa de sus padres, con todas sus necesidades (incluso sexsuales) satisfechas.

Veamos el aspecto “prosperar, y para ello formarse”. Yo estudié el estupendo Bachillerato de 1938, el mismo que estudiaron mis hermanos mayores, y las asignaturas -y su contenido- debían ser parecidísimas a las que cursó la generación de mis padres. Luego, la carrera de ingeniería me dio una sólida formación en Matemáticas, Física y Química. Cuando mis hijos fueron al colegio, empecé a ayudarles en estos temas, pero pronto me tropecé con los “conjuntos”, que no se parecían en nada a lo que yo había estudiado, y también era distinta la formulación química, pues, por ejemplo, los ácidos se escribían en mis tiempos ClH, SO4H2, etc., y ahora eran HCl, H2SO4, etc. Nosotros teníamos un único Bachillerato para todos y estudiábamos siete años de Latín, que apenas arañaban en la época de mis hijos los alumnos que escogían “Letras”, que desde luego no sabían logaritmos o derivadas, mientras los de “Ciencias” estudiaban la Historia someramente. Pero el salto terrible entre nuestras dos generaciones ha sido la invasión de la electrónica y la informática en la enseñanza y en la vida diaria. El qué y el cómo se estudia ahora en mi carrera de ingeniería debe parecerse poquísimo a lo de mis tiempos (no en vano estamos hablando no ya del siglo, sino del milenio pasado...!). Creo que debemos ser la primera generación en la historia de la humanidad en la que en vez de ser los hijos quienes preguntan a los padres cosas que no entienden, sea muy frecuente que seamos los padres quienes solicitamos humildemente ayuda a nuestros hijos, apenas adolescentes, para programar el vídeo o el teléfono móvil o para manejar el ordenador. Es decir, también en los aspectos estudiantiles mi generación tuvo unas circunstancias bastante parecidas a la anterior y surgió un abismo de diferencias con la siguiente.
En lo referente a “prosperar”, es decir, tener un trabajo remunerativo, estable y que ofrezca perspectivas de futuro, hay que reconocer que lo teníamos más fácil nosotros, pues hasta 1975 (año en el que murió Franco) había en España trabajo para todos, casi no existía el paro y la legislación laboral garantizaba el puesto en la empresa, si no se cometía alguna falta grave, que era analizada con lupa por las Magistraturas de Trabajo, siempre predispuestas a favor del trabajador.

Vamos a analizar el tema “divertirse”, que también lo hacíamos nosotros de forma muy parecida a nuestros padres y muy distinta a nuestros hijos. Hasta los 15 o 16 años nuestras diversiones en Madrid eran ir al cine (sobre todo) o pasear por ciertas calles donde había “ambiente” –chavalas que paseaban también- (Goya, Serrano, La Castellana, Rosales); luego empezamos los chicos a ir de tascas (rondas de chatos de vino y tapas jugadas a los chinos) y empezaron también los guateques (con gramófonos de manivela y discos de baquelita, como nuestros padres); a los 19 o 20 llevábamos ya niñas a bailar a algunas cafeterías con música, y ya con 22 o 23 a “Boites” (por supuesto sentados en mesas y atendidos por camareros) y, en las fiestas de Madrid, a la verbena a tirar al blanco, montar en los cochecitos de choque, etc., lo que solíamos hacer por la noche, en cuyo caso era imprescindible que cada niña fuera amparado por un hermano, primo o chico de total confianza de su familia. Ya con esa edad había algunos chicos motorizados –su padre les dejaba el coche- lo que nos permitía además hacer algunas excursiones por los alrededores. Todos los días debíamos estar en casa a la hora de comer (las dos o dos y media) y dejar a las niñas en sus casas como máximo a las diez de la noche, para ir luego corriendo a las nuestras para cenar con la familia. En mis veranos gallegos las diversiones básicas eran la playa y hacer excursiones andando o en bicicleta, las romerías de las fiestas de los pueblos y, cuando ya éramos más mayorcitos, ir a cinco o seis bailes cada verano, un par de ellos de smoking, que solían durar hasta las 3 o las 4 de la mañana, y los últimos hasta el amanecer. Pero la inmensa mayoría de los días nos divertíamos de día (y mucho) al aire libre y estábamos en casa para comer y para cenar con la familia. Hoy, la principal diversión de la mayoría de la juventud, a partir de la adolescencia, consiste en salir todos los fines de semana, desde las 12 de la noche hasta altas horas de la madrugada, y reunirse en plan muchedumbre en ciertas plazas para consumir en la calle cerveza (el famoso “Botellón”) y otras bebidas alcohólicas, fumar y, en no pocos casos, tomar drogas, dejando en la calle toneladas de envases, vidrios rotos y otros residuos (lo que indica su grado de educación) y, si hace frío o llueve, lo mismo, pero en una discoteca, todos apretujados de pie y con la música a un volumen insoportable, siendo frecuentes las peleas, incluso con navajas (siendo esto y lo de las drogas inconcebible en mis tiempos), las intoxicaciones, etc. Y el sábado y el domingo a dormir casi todo el día. Es decir: justo al revés que nosotros y nuestros padres.

En lo de “sentirse a gusto consigo mismo y con los demás”, se me ocurre comentar que nosotros éramos una generación austera que sabíamos que “había que ganarse las cosas” con esfuerzo y que las disfrutábamos luego mucho. Yo tenía, por ejemplo, “MI bicicleta” –no “UNA bicicleta”- apreciadísima y cuidada con esmero, comprada con mis ahorros de años, y recuerdo la ilusión que me hizo cuando por fin pude ponerle un faro. Y también era “LA bicicleta”, prevista para siempre, sin que se me pasara por la imaginación la idea de cambiarla por otra mejor, lo que hubiera sido, en mi opinión, difícil, pues estaba muy orgulloso de ella, me parecía estupenda y, efectivamente, la usé desde los 14 a los 21 años. La dorada juventud de ahora ha crecido rodeada de montones de juguetes y se le ha fomentado desde la niñez un consumismo desmesurado, y además de la ropa “De Marca” ya mencionada, necesita, para sentirse a gusto, tener un buen coche, que su teléfono móvil sea del último modelo (para lo que debe cambiarlo cada poco tiempo), etc. Creo que, en mi generación, la escasez, la vida austera y el ambiente de ganarse las cosas con el propio esfuerzo, nos hacía empezar a madurar a los 13 o 14 años (comprender que el ir al colegio, estudiar y aprobar los exámenes, no era una aburrida manía de nuestros padres, sino labrar nuestro propio porvenir), mientras que ahora, una infancia regalada y consumista y un ambiente en el que los padres satisfacen todos los caprichos hace que, probablemente, aquello no empieza hasta los 17 o 18. Quizá se refleja algo esto en los “héroes” de los “Tebeos” de los años 50 y en los de las películas juveniles de hoy: aquellos eran “Roberto Alcazar y Pedrín”; “Jorge y Fernando”; “Juan Centella”; “El hombre enmascarado”; “El guerrero del antifaz” (estos dos últimos, quizá con la intención subliminal de que a los lectores nos fuera más fácil imaginarnos a nosotros mismos detrás del disfraz), etc. Todos ellos ganaban a “los malos” gracias a su fuerza, ingenio o habilidad. Los de ahora son “Superman”; “El hombre araña”; “Harry Potter”, etc., todos con “superpoderes” o dotes mágicas, que probablemente simbolizan, también de forma subliminal, el poder económico de los padres, al que se supone capaz de satisfacer –sin esfuerzo propio- todos los caprichos antes mencionados.
En las relaciones con “los demás” es evidente que nuestra generación (y no digamos las anteriores) era mucho más clasista que la actual, que nos mejora ampliamente en esto. Era bastante normal tener los primeros retozos sexuales con la criada; hubiera sido inconcebible ganarnos unas pesetas como camareros; En nuestra Escuela estaba prohibido entrar sin corbata y luego, en la fábrica en la empecé a trabajar, había “Servicios” de señoras, de caballeros y de ingenieros; En los colegios de monjas había clases especiales para las “niñas pobres”, que entraban por otra puerta, etc.

Cambiemos el tercio y veamos que pasa con las relaciones familiares, desde luego mucho más intensas, fáciles y gratificantes entonces que ahora. Empecemos por decir que, en las clases medias y altas (que son las que yo conocí y que representaban en conjunto a la mayoría del país) la mujer no necesitaba, generalmente, trabajar fuera y era una orgullosa, eficaz y entrañable reina de la casa, aglutinante familiar, educadora permanente de los hijos que siempre la tenían dispuesta para un consejo, una ayuda o un consuelo o, si era oportuno, un regaño. Las casas eran más grandes, y frecuentemente la abuelita anciana convivía con los demás. Como norma (que naturalmente tenía excepciones) los jóvenes trataban a los mayores con respeto: desde luego les dejaban pasar primero por las puertas, les cedían el asiento en el tranvía, etc., y la autoridad del padre, al que se veía luchar y prosperar, era indiscutible. Bastantes padres de hoy, que respetaron a la generación anterior, son muy poco respetados por la generación siguiente: en las reuniones familiares es frecuente ver a las madres y tías atareadas poniendo, sirviendo y quitando la mesa, mientras la generación siguiente, ya mayorcita, charla y bromea, cómodamente sentada. Las comidas y las cenas (guisadas con amor, aunque fueran sencillas) reunían a toda la familia y, como ya se ha comentado antes, los hijos debían acudir puntualmente a ellas. No había TV ni Internet, por lo que, además de muchas horas de convivencia, esta era más personal y era frecuente la tertulia en la que se transmitían experiencias y se contaban anécdotas familiares. En los tiempos actuales la mayoría de las madres trabajan, cada uno come en casa a la hora que puede, según sus horarios, y básicamente los alimentos precocinados, en lata o embutidos que encuentra en el frigorífico y viendo al tiempo la TV.

El ABC del 11-12-2002 publica una encuesta hecha por la Fundación de Ayuda a la Drogadicción y dice en titulares: “UN TERCIO DE LOS PADRES NO SABE CÓMO EDUCAR A SUS HIJOS”. El 43% prefiere no mezclarse en los problemas de los hijos para no enfrentarse a ellos. El dinero que se debe dar a los hijos, los horarios de vuelta a casa, los estudios y la colaboración en las tareas domésticas centran los conflictos familiares”.

Y por último, veamos el aspecto religioso, en el que es facilísimo marcar la diferencia entre mi generación y la siguiente: la primera conoció una Iglesia “preconciliar” y la segunda “postconciliar”. Es decir, las oraciones y la liturgia y las costumbres de los religiosos, eran en mi juventud las mismas que siglos atrás, pero cambiaron muchísimo con el Concilio Vaticano II (1962-1965). Antes del Concilio, todos los sacerdotes llevaban “tonsura” (un círculo de unos 5 centímetros de diámetro afeitado en la parte posterior de la cabeza), iban vestidos con la sotana y usaban un sombrero peculiar, de copa semiesférica y alas anchas, llamado “teja”, y todos los religiosos de ambos sexos llevaban los hábitos de sus respectivas comunidades. Iban proclamando públicamente su condición de miembros de la Iglesia y eran objeto del respeto de la gente. Ahora van todos de incógnito, como si les avergonzara su vocación. Antes de 1965 la Misa se decía con el sacerdote encabezando a los fieles (y por tanto de espaldas a estos) en la oración común ante el Cristo que estaba en la pared y el Altar que estaba debajo de este. Y en latín. En cualquier lugar del mundo podías oír una Misa idéntica que la de tu Parroquia. Era reconfortante en los largos viajes. Era la Iglesia Católica, universal. Los religiosos de cualquier nacionalidad se entendían perfectamente en latín, que fue el idioma común del Concilio. Cuando se celebre otro Concilio habrá un gravísimo problema de comunicación. Y las oraciones han cambiado también: hasta el Credo ¡y el Padrenuestro! he tenido que aprenderme otra vez en sus nuevas versiones. No sé que influencia ha podido tener en ello el mencionado Concilio, pero testifico que antes de él las Misas estaban repletas de jóvenes, y luego, desde hace muchos años, es raro ver en ellas a más de una veintena de personas de menos de 40 años, es decir, personas que nacieran precisamente después del Concilio. Tremenda diferencia pues -en algo tan importante como la formación religiosa, con todo lo que ello implica de moral y de costumbres- entre la generación posterior y la mía, que en cambio era, es este aspecto, idéntica a muchas anteriores.

Resumiendo (Y sin meterse en temas políticos: nuestra niñez y juventud durante el Franquismo –ahora tan denostado, pero en el que éramos felices- y las de la generación siguiente en la Democracia Liberal e, internacionalmente, antes con y ahora sin la URSS y el Telón de Acero) entre mi generación y la siguiente ha habido:

1- Grandes diferencias en la calidad y la cantidad de la alimentación, que han hecho crecer 10 centímetros la altura media.
2- Gran diferencia en el vestir, sobre todo en “lo que enseñan las mujeres”.
3- Gran diferencia en la problemática de la vivienda.
4- Abismal diferencia en el tema sexual.
5- Gran diferencia en los estudios, que se convierte en abismal con la aparición de la electrónica y la informática.
6- Gran diferencia en el aspecto laboral.
7- Enorme diferencia en la forma de divertirse,
8- Enorme diferencia de una vida austera al consumismo desenfrenado.
9- Gran diferencia en las relaciones familiares.
10- Enorme diferencia en el aspecto religioso.

¿Hay quién dé más?. Afirmo –y he intentado demostrarlo- que el contraste que se ha dado, desde Adán y Eva hasta hoy, entre cada dos generaciones sucesivas, nunca fue tan profundo -y en tantos aspectos diferentes- como entre mi generación y la siguiente.
Mayo 2003

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